Blog, Reseña /

Un tratado del vicio

Por Alejandro Menéndez

Guardo subrayada una frase muy oportuna dentro de un libro firmado por el propio Escohotado. La frase reza que de la piel para dentro empieza la exclusiva jurisdicción del sujeto, allí donde nadie más que él es soberano. Me ocurre que cada vez que leo al profesor me encuentro con la misma frase o, al menos, con una parecida. La  paradoja tiene su explicación y es que si a algo ha dedicado sus esfuerzos Antonio Escohotado es a defender el valor de la libertad. Además, ¿no cobra la palabra libertad, junto al valor, un significado superior, como aventura, afrenta y batalla? («la libertad es lo menos gratuito de este mundo, y si no se conquista cotidianamente lleva en seguida a situaciones de agravio y servidumbre»). Exégesis magnífica, Retrato del libertino profundiza en una parcela de pensamiento que es a la que el profesor ha dedicado sus mayores esfuerzos: la defensa de la dignidad humana.

Empecemos en Roma. Pueblo supersticioso mostró durante siglos laica tolerancia respecto a cuestiones morales. Fue en el siglo II d.C. cuando el monumental edificio de la libertad de conciencia se empezó a tambalear, bajo el mando del emperador Nerón. El edicto contra los maniqueos promulgado por Diocleciano hizo más sangrante la persecución del Error. Para entonces los crímenes sin víctima, aquellos en los que el bien jurídico lesionado es propiedad del sujeto activo, han transmutado en crímenes contra el «género humano». La moral pública se protege del Error construyendo una Verdad que castiga los crímenes de lesa majestad.

La caza de brujas y la acusación infundada son lugares comunes en las sociedades occidentales. Los estadounidenses alarmados que en el siglo XIX censuraron por obscenas algunas representaciones son los mismos que defendieron la Volstead Act o Ley Seca y que, presumiblemente, llenaron sus bolsillos con el contrabando de licores destilados. Más tarde, fue la Food and Drug Administration quien censuró el consumo de sustancias milenarias. El chivo expiatorio fue alternando y consolidando, así, los lazos existentes entre las clases dirigentes. Macabramente schmittiano el argumento del nosotros contra ellos parece funcionar con la precisión de un reloj de cuco.

El prólogo de Nuestro derecho a las drogas de Thomas Szasz corre a cargo del propio Antonio Escohotado. Síntesis brillante de algunas ideas vertidas sobre Retrato del libertino esboza el dilema de la prohibición-legalización. El juego y la droga sirven como ejemplos a la cuestión. ¿Puede el Estado prohibir algo constante en la condición humana? La prohibición estigmatiza al consumidor y abre una brecha entre ricos y pobres. De otro lado, ¿puede el Estado legalizar amparándose en un derecho que no tiene? El Estado no es competente para «legislar permisos», pues «no cabe dentro de sus prerrogativas ni prohibir ni legalizar algo muy anterior a su aparición». A mayor abundamiento, legalizar ambas o una de las actividades, supondría un encarecimiento del producto, sumándose el Estado como segundo empresario.

 

La libertad no tiene límites y se defiende incluso en el lecho de muerte. La perspectiva de un final calmado y feliz, con la familia a los pies de la cama, ayudaría a superar el tan extendido pavor al deceso. La fe en el Progreso relevó en el s. XVIII a la fe en Dios, con lo que los sacerdotes de sotana negra son ahora médicos de bata blanca. De nuevo una defensa incondicional de la autonomía es oportuna. Si toda dolencia es psicosomática, no hay mejor alternativa que mantener el ánimo hasta el último aliento para garantizar un «recto morir».

La libertad conlleva responsabilidad; y la responsabilidad es un desenvolverse consciente. El acercamiento elegante al vicio abre las puertas de la percepción y enseña y oculta, en un juego de luces y sombras, la felicidad caminado de la mano junto al riesgo. La sobria ebritas que defendieron los antiguos no invita a rechazar a Baco, sino a navegar sus profundidades con respeto y sin perder de vista el timón.

 

 

 

 

Reseña /

Salud, dinero y amor

Por Fabián Rodríguez Simón

 

En el ensayo que da título a la obra Retrato del libertino, Antonio Escohotado reseña las andanzas de un libertino victoriano que, a fines del siglo pasado, publicara una autobiografía llamada My Private Life. Walter, tal es el seudónimo del autor, relata sus relaciones carnales con más de dos mil mujeres (“He follado con negras mulatas, cuarteronas, griegas, turcas, egipcias, hindúes y otras criaturas totalmente depiladas; incluso he conocido bíblicamente squaws del Canadá y Estados Unidos, allí donde la civilización no ha penetrado todavía…). Walter, el libertino, se complace acariciando, tocando, penetrando, palpando, hurgando, chupando, lamiendo, fornicando. Y disfruta dando placer a aquellas que le dan placer a él.

Escohotado opone a Walter con aquellos libertinos como Sade, Baudelaire o Bataille cuyas obsesiones sexuales no son gozosas sino que obedecen a impulsos transgresores, sin placer, alegría ni deleite; sólo compulsiva y errática liberación de represiones o traumas internos. El libertino de Escohotado es jubiloso y entusiasta, nada tiene de rencoroso saqueador de honras femeninas como Don Juan Tenorio ni de pícaro vanidoso como Casanova. No hay venganza ni utilización de la amada en su seducción. Si el libertino Walter besa, acaricia o coge es porque lo disfruta y prodiga placer al hacerlo. Tras el desvergonzado elogio de Escohotado a los apetitos lujuriosos y genitales que tanto irritan a los puritanos y escandaliza a las buenas conciencias, se afinca un afán de libertad y tolerancia compartido por muchos que, con una libido menos exacerbada, jamás emularíamos a Walter.

Pese a que su título, “Apuntes sobre bioética” no luce tan atractivo como el del primero, el segundo ensayo es el más sustancioso del libro. Puesto que se trata de una charla dictada en un seminario de filosofía, Escohotado rescata y ratifica aquel postulado de Heinrich von Kleist (1777-1811) en Sobre la formación gradual de ideas a través del habla respecto de que las ideas vienen hablando. Y vaya si le vienen ideas al profesor Escohotado cuando habla. Si el punto que desarrolla es el cuidado del cuerpo, aprovechemos para vincularlo con los temas que trata en los restantes ensayos de su obra, a saber: ludopatías, euforia química y dignidad humana, eutanasia, Ernst Jünger y Albert Hoffman (descubridor del LSD). Y, por qué no, también con el promiscuo Walter.

Los temas tratados aquí por Escohotado tienen un subyacente común: la autonomía de la libertad del ser humano. Y -aquí la nota distintiva en un decadente fin de milenio donde individualistas se confunden con egoístas y, bajo la errada advocación de Cioran, se encierran en un pesimismo nihilista- la alegría. Alegría en el sentido espinozista, como aquello contrario al miedo, que aumenta la capacidad de obrar. Con Sciamarella y Andrés Calamaro, Escohotado cree que el secreto de la vida radica en tres circunstancias: salud, dinero y amor (el dinero como “libertad acuñada”, con Schopenhauer). Nadie regala ninguno de estos dones. “No hay salud sin denuedo, sin arrojo, como tampoco puede haber devoción o siquiera afecto hacia otros”. Proteger la salud implica aceptar riesgos. La autonomía no es gratuita y debe reconquistarse diariamente. La libertad es sumamente peligrosa.

El ser humano que se reivindica libre se hace cargo de las consecuencias de sus elecciones y de sus actos. Conoce que la libertad no implica felicidad ni sabiduría o prudencia. Sólo responsabilidad. Y sabe también que estando siempre al alcance de cualquiera la decisión de dejar la vida, cualquier castigo, esclavitud o tiranía que se imponga, es siempre aceptada, pues nada nos impide dejar de vivir cuando así lo decidamos. De allí que Escohotado rechace virulentamente que se traten como enfermedades a los vicios -como el juego, el alcohol y la droga- que sólo perjudican o benefician a quien sucumbe a su tentación, y mire con desprecio a quienes se escudan en condicionamientos sociales para liberarse del peso de sus propios actos. El hombre libre es responsable para lo bueno y lo malo, y hace frente a la vida con su propia lucidez, generosidad y fuerza. La obediencia debida o los contextos jamás excusan.

Una ruta difícil y esforzada, donde no es extraño que a un tramo que permite un relajado hedonismo suceda uno que exija un comportamiento estoico; aliviado con esporádicas ebriedades, que aumentarán la percepción, lucidez y conocimientos del caminante, así como le descansarán de trecho en trecho. Y al ineludible final del camino, una bienvenida y dulce muerte. Tal la propuesta de Escohotado. Para evitar malos entendidos, que la triada quede en salud, libertad y amor. Tres dones que exigen constante lucha y ejercicio. La hipocondría no es sana; tampoco la falta de dolor. Quien es libre puede errar, yerra; así como quien ama puede sufrir, sufre. Pero perseguir los tres dones es vivir, sin dioses ni partidos que se hagan cargo.

Sirva de homenaje a la alegría libertaria y saludable del escritor madrileño una cita de Ramiro de Maeztu, integrante de la Generación del ‘98, fusilado por la República en el ‘36: “Tenemos que elegir entre la intuición que nos dice que Don Juan es el mal porque su vida es una ofensa contra el espíritu de servicio social, de castidad, de veracidad, de lealtad; y el impulso que nos lleva al donjuanismo. De una parte el deber absoluto, de otra parte el capricho absoluto. Pero si no hay Dios en los cielos, si no existe un valor absoluto, Don Juan tiene razón. Si no existe Acreedor con derecho a exigirnos el pago de las deudas, si no existen las deudas y la felicidad es la suprema ley, derramemos la energía a capricho, porque esto es el placer, y proclamemos de nuevo y finalmente que Don Juan tiene razón”.

Cien años después, el optimismo pagano que comienza a extenderse desde las redes del mundo globalizado, dice que el Don Juan de Maeztu y Escohotado tienen razón. Y que el hombre ha de buscar su dicha y destino sin tutores, líderes ni valores absolutos, sea mirando coños o paisajes marinos, sea fumando un porrito o comiendo un helado de vainilla.

(Este artículo fue publicado en Radar Libros, suplemento literario de Página 12, Buenos Aires, el 21 de abril de 1998)
Artículo /

Antonio o el ardor

Con motivo del lanzamiento de el “Retrato del Libertino” (reedición del libro de 1997) publicamos una reseña que -como ya ha sucedido con “Rameras y Esposas”- descubre la renovada vigencia del material original. 
Por Gabriela Esquivada

Todos somos madera, y el fuego es eterno. Lo que estos libertinos pretendieron fue arder alegremente. ¿Abrevia acaso la alegría el plazo de combustión? Quizá sí, quizá no. Sólo es indudable que los fuegos amordazados producen el humo más venenoso.” De esto trata este libro de Antonio Escohotado: de la alegría. El filósofo y sociólogo español explica que no quiere vivir mucho, sino vivir a secas. Y a partir de esa noción de autonomía recorre temas tan aparentemente distintos como el goce sexual, el enfoque psicosomático de la salud, el juego, la euforia química y el bien morir. Dice, más o menos, que cada persona hace de su vida sexual un placer o una cruz; del juego, eso mismo o una compulsión; del uso de drogas, algo natural o un anatema; y de la muerte, una despedida buena o un fin indigno. El libro se llama Retrato del libertino.

Se ríe cuando le preguntan por la unidad del libro: “Eso fue a posteriori”. Cuando acordaba con sus editores una reimpresión ilustrada, revisada, ampliada y en un solo volumen de la Historia general de las drogas, le preguntaron -el viejo truco- si tenía otro libro para publicar. “Pensé que no tenía nada, pero un hijo mío, Román, me dijo: Padre, si no te importa, me meto en tus ficheros y veo si consigo armar algo. Y agarró unos cuantos artículos, me los homogeneizó y me preguntó: ¿Qué te parece esto? Cambié el orden y aumenté el tamaño del primer texto, “Retrato del libertino”, que en el origen era un pequeño prólogo. Ahí me di cuenta de que los artículos tenían relación con la fuente de la alegría, o también las fuentes de la tristeza. Y que eso era lo que yo entendía por salud: la alegría”.

El libro tiene cinco capítulos temáticos -”Retrato del libertino”, “Apuntes sobre bioética”, “Ludopatías”, “Euforia química y dignidad humana” y “Morir mejor”-, un texto sobre Ernst Jünger y una entrevista al descubridor del LSD, Albert Hofmann. A lo largo de las páginas aparecen, además de las opiniones personales y las historias prestadas, cierta mención cariñosa de la pornografía, una nítida defensa del consumo de drogas, y la confesión de cómo desearía Escohotado que fuera su muerte. ¿Hasta qué punto, entonces, es un autorretrato el Retrato del libertino? “Un poco”, admite. Pero desearía que lo fuera más: “A mí me gustaría tener un control de mis emociones comparable al que tuvieron Walter y Guillermina, los libertinos del primer artículo. Pero se me va la mano con la posesividad. Creo que esta gente se adelanta a su tiempo y hasta son personas del siglo XXI, o quizá del XXII. Nosotros estamos muy fijados a estas pautas animales del territorio, a estos terrores congénitos, a esta libre envidia que nos consentimos.”

Guillermina y Walter parecen un invento de Escohotado. Sus verdaderos autores no se conocen. Ella es la protagonista de Memorias de una cantante, libro atribuido a “la célebre diva lírica Wilhelmine SchröderDevrient, una artista que le provocó versos al mismo Goethe”. Él puede haber sido el británico Edward Sellon, o mejor, su amigo sir Henry Spencer Ashbee, magnate del comercio ultramarino, coleccionista de ediciones raras de El Quijote y compilador de literatura pornográfica bajo el seudónimo de Pisanus Fraxi. Alguien que, quien quiera que haya sido, a finales del siglo pasado pagó cien mil guineas a un librero de Amsterdam para que publicara seis únicos ejemplares de su autobiografía My Private Life (Mi vida privada), un relato de sus encuentros sexuales con unas dos mil mujeres. Con ambos textos trabaja, entusiasta, Escohotado, el artículo central y que ocupa casi la mitad de su libro.

AMOR CARNAL De “Retrato del libertino”, sobre Walter: Fiel a Epicuro, lo que Walter observa es un continuo cálculo de pros y contras. Aunque haya poseído a tantas mujeres, cumple una y otra vez la máxima hedonista, que recomienda no perseguir gustos capaces de suscitar disgustos superiores. Es un hombre de pasiones serenas y, por eso mismo, insaciables. “Ciertos hombres podrían observar un coño durante un mes, sin apenas desviar los ojos.” Su lujuria lo acerca a situaciones humillantes; incluso corre peligro de quedar públicamente en ridículo, y escapa por poco de ser descubierto delinquiendo contra la moral y las buenas costumbres. Pero esos albures los salva, o procura salvarlos, con tenacidad y aplomo, sobreponiéndose al desaliento. No cae en la tentación del pelele ni en la del rebuscado, simplemente porque no se enamora de la manera convencional. Como comentaba un sociólogo, “es un triunfo de la mente sobre material sometido al tabú”.

Y sobre la cantante lúbrica: Guillermina entregó sus ratos libres a una pasión comedida y, por lo mismo, constante. Se sentía miembro de una fraternidad intemporal, formada por personas a quienes congrega una devoción hacia “la gracia y belleza” del copular, concebido como “momento supremo de la vida”. Se consideraba hermosa (cosa confirmada por sus contemporáneos), aceptaba con gratitud los piropos y era femenina hasta el extremo de dejarse “enseñar lo que ya había practicado a escondidas”. Pero entre miembros de la fraternidad venérea su orgullo no derivaba de dominar un arte, y disponer de dones como un bello cuerpo o una firme razón, sino querer con franqueza el goce, merecerlo y transmitirlo, “detestando la coquetería cuando no es un arma de conquista o venganza”.

¿Por qué ve Escohotado en esa ética la de los seres humanos del futuro? “Porque han llevado su autoconciencia a unos niveles donde los demás no los llevan y se atreven a lo que los demás no se atreven. Por lo demás, son personas sumamente controladas: se descontrolan cuando surge el estímulo erótico debido, pero fuera de ese momento son personas de cumplir con la vida, de no ponerse neuróticos ni febriles como los personajes de Dostoievski, que dicen que no quieren hacer algo y lo hacen, o al revés. En Walter y Guillermina veo serenidad en el terreno donde lo habitual es el temblor, la vacilación, la ambigüedad. Ellos son filósofos, y filósofos prácticos.” Comparados con Walter y Guillermina, el marqués de Sade o Georges Bataille son meros transgresores que enfrentan sus represiones: “Sade es un católico. Todo sucede en el confesionario, y en iglesias, y entre curas y monjas; todo es una modalidad de la penitencia. Y la penitencia, naturalmente, es un invento católico”.

Marc Chagall

YO SOY MIO. En su alegre autonomía, Escohotado apunta contra los médicos. En “Apuntes sobre bioética”: La enfermedad no sería un formidable negocio si la aprensión no fuese un formidable vicio de estos tiempos. Vivimos una época donde la autoridad de la fe pasó a ser autoridad de la ciencia y estamos en el mejor de los mundos conocidos. Como las demás ramas del saber humano, la medicina ha hecho fantásticos progresos, y la especie está en deuda con innumerables terapeutas y asistentes suyos, no sólo capaces de curar o aliviar dolencias, sino de permanecer junto al dolor y la muerte. “Esa es la magnanimidad que conmoverá siempre. Mis reparos podrían resumirse: no sigamos comportándonos como ovejas apacentadas por lobos, que antes llevaban una sotana negra y ahora portan bata blanca. La salud es nuestra incumbencia también”. Como para él “cuerpo y alma son una misma cosa”, considera psicosomáticas a casi todas las dolencias:

“El punto de vista psicosomático no sólo se va a imponer más y más, sino que es necesario para romper con una serie de pseudoconceptos y con el lazo de dictadura y represión de la medicina. El estamento terapéutico hereda las responsabilidades y funciones del estamento eclesial. Y su dictadura puede llegar a resultar más cruel”, cree. El ejemplo que pone en el libro es el de una mujer que le pregunta a otra persona cómo está, y cuando escucha que está bien, quiere saber qué médico la atiende. Escohotado propone “que osemos llevarnos nosotros a nosotros mismos, siquiera sea en las partes practicables del camino”. Su punto de vista es particularmente polémico cuando se aplica al sida: “Ahora se ponen a hacer el amor un chico y una chica, ambos vírgenes, y no se ponen condón para evitar el embarazo sino porque están dominados por el temor a contagiarse el sida. Absurdo. Y sin embargo lo harán, y lo harán, y lo harán”. ¿Acaso no es un riesgo real? “Se trata de comprender esta dinámica social en cuya virtud tienen siempre mayor respuesta las amenazas que la supresión de las amenazas. Estamos siempre bajo la espada damocleana de una u otra catástrofe indescriptible, de uno u otro cataclismo infinito”.

En “Ludopatías” sigue pegándole a las batas blancas y demás terapeutas que designan y tratan dolencias como la toxicomanía, el alcoholismo, la bulimia, la anorexia nerviosa, la cleptomanía y el título del capítulo: Evidentemente, el juego, la demencia, el consumo de opio y el de alcohol llevaban milenios existiendo, sin que nadie los incluyese en el elenco de trastornos diagnosticables y tratables por una especialidad médica determinada. ¿Qué era el jugador compulsivo antes de ser definido como “ludópata”, y equipararse así con un tísico o con un hepatítico? Era una persona aquejada por cierto vicio, entendiendo por vicio una mala costumbre, considerada indeseable no sólo por los demás, sino por él mismo. Su problema era un asunto de eticidad, entendiendo por ética la relación entre aquello que alguien tiene por justo o bueno en sí, y aquello que hace. Cada vez pensamos menos en nosotros mismos como seres libres y responsables de nuestros actos. Cada vez gusta más pensar que eso es lo de menos, y que nuestras flaquezas pueden ser suplidas con recursos técnicos. “¡Y ahora hasta hablan de la compulsión a la compra!”, protesta. “Y el juego es juego, aunque parezca un pleonasmo. Pertenece a esa esfera de cosas desinteresadas: como el arte, es una contemplación desinteresada de lo real. Se juega por la misma razón por la que uno ríe, o ama. Claro que se puede volver algo mortalmente serio, como esos personajes de Dostoievski.”

LA ULTIMA LIBERTAD. A diferencia de las voces más oídas sobre la eutanasia, Escohotado no defiende el derecho al bien morir sino que parte de él para unir dos nociones que usualmente no se asocian: muerte y alegría. La cuestión de despedirse con dulzura de la vida es una de las sometidas aún al más puro anacronismo, comienza su capítulo sobre el tema. Un número colosal de adultos reclama otra vez lo inalienablemente suyo. Suyo es que -allí donde no resulte súbita- la muerte pueda elevarse a un acto de excelencia ética, aligerado de sufrimientos remediables. Si no somos crueles, el agonizante volverá a despedirse de la vida en su casa, y del acuerdo con los suyos -no del médico- deberían depender las últimas medidas. La lección de los antiguos es no detenerse en miserias hipocondríacas y custodiar la muerte como garantía perpetua de una vida libre. Esto es duro de cumplir. Pero más duro es ser un siervo vocacional, aspirante a procreador de siervos análogos, porque -volviendo a Plinio- “habrá de morir igualmente, y dejando atrás una vida indigna”.

Escohotado no deja de pensar en su muerte, pero no en espasmódicos ataques hipocondríacos: quiere morir de viejo o por su propia decisión, eligiendo cómo y cuándo. “He hecho mucho trabajo en el libro para deslindar la serena consideración de la muerte de la preocupación del neurótico-hipocondríaco”, precisa. Por eso le resulta paradójico que se haya avanzado más en lo que considera un derecho como muchos que en esta libertad última: “Me parece casi indignante que hayamos progresado más en el camino de proporcionar autonomía a las mujeres ante un embarazo indeseado que en la posibilidad de morir cuándo y cómo nos parece. Muestra el desfasaje entre lo modernos que nos creemos y lo retrógrados que somos. La culminación de la belleza y la dignidad de una vida está en el momento y las condiciones de despedirse de ella”.

Por supuesto, el autor de Aprendiendo de las drogas dedica un capítulo a lo que llama euforia química “para identificarlo, pero posiblemente toda euforia tiene bases químicas. Todas estas tonterías de los paraísos artificiales… en realidad, son paraísos naturales: no hay paraísos más naturales que los farmacológicos. Lo más natural de nuestro cuerpo son las reacciones químicas. Nuestro cuerpo es química”. En este capítulo, aparentemente el más popular, se encuentra el núcleo duro del libro: el concepto de ánimo objetivo. “La experiencia me dice que junto al ánimo subjetivo hay en nosotros un ánimo objetivo -llámese ser, naturaleza, amor o vida- que no teme el olvido del yo y dice incondicionalmente sí. La inmersión en el trance ebrio es por eso una amenaza que queda en amenaza: sencillamente nos hemos puesto en una relación con el mundo que no es de lucha ni de acatamiento, sino de juego. Sólo entonces comprendemos que el quimismo nos ha llevado donde otros están y estuvieron por medios no químicos, y que podemos alcanzar ese sentimiento sin dosis de tal o cual sustancia. El valor de las drogas -en especial de las visionarias- estriba, a mi juicio, en que diagnostican nuestro grado de contacto con la alegría, entendida como una suma de arrojo, dulzura y lucidez”.

El ánimo objetivo es, entonces, el concepto capital del ardor de Antonio Escohotado. Con esa expresión el autor de Retrato del libertino define algo que “trasciende la subjetividad y entronca con la esencia de la vida”. Si alguien teme que acá venga algo peor aún, sorpresa: la definición es muy sencilla. “La esencia de la vida -explica Escohotado- es decir sí”.

*(Link para adquirir Retrato del libertino mediante tarjeta o Paypal:

 https://laemboscadura.com/projects/retrato-del-libertino-ed-impresa/)

 

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La obra de Escohotado desembarca en Latinoamérica

• La Emboscadura apuesta por la difusión global del pensamiento del pensador español reeditando la mayoría de su obra con un doble propósito: garantizar su disponibilidad y accesibilidad a todos los lectores de Latinoamérica

Madrid, 31 de diciembre de 2018. Antonio Escohotado acaba de completar una exitosa gira de conferencias por Argentina y Chile que confirma que la atención recibida por su pensamiento en toda América Latina no es un fenómeno nuevo. Su impacto cultural en el continente viene de la década de los 90, marcado tanto por ratings televisivos directamente proporcionales a la polémica suscitada tras la emisión de un programa con Chiche Gelblung, como por su colaboración con el músico argentino Andrés Calamaro en la canción Nunca es Igual. Pero la demanda de obras capitales en ciencias sociales como Historia General de las Drogas, Caos y Orden o Los Enemigos del Comercio tenía hasta el momento serias limitaciones geográficas dado que su distribución estaba centrada únicamente en España.

Ahora las nuevas ediciones de los libros de Escohotado llegan a Latinoamérica para quedarse y ser totalmente accesibles en plazos razonables de tiempo y al mismo precio que en España gracias a La Emboscadura, proyecto editorial fundado por un hijo del autor que dio su pistoletazo de salida con el lanzamiento de toda la obra en soporte digital, y un año después sigue abriendo fronteras con la llegada del formato impreso. Gracias a la tecnología Print-On-Demand, que permite imprimir en destino, y a generar acuerdos con las principales librerías de cada país, la red de distribución promete seguir ampliándose para llegar a todos los lectores de habla hispana. Se evita de paso la descatalogación de algunas obras, lo que provocaba que algunos títulos solo pudiesen adquirirse en el mercado de segunda mano a precio de antigüedad arqueológica.

Así, la obra de Antonio Escohotado, centrada fundamentalmente en combatir el dogmatismo con el libre examen, está disponible “de golpe” en Latinoamérica, cuyo público no tendrá que esperar a que su bibliografía se publique a plazos. El siguiente objetivo para la editorial -una vez terminada la edición impresa de toda las obras- serán las traducciones, pues, como ha apuntado en alguna ocasión el propio Escohotado: “es asombrosa la omisión que practica el mundo angloparlante frente al mundo hispanoparlante; lo que no se publica en inglés parecería que ni existe para esa parte de la cultura. No me cabe duda de que si en vez de en la lengua de Cervantes hubiese escrito en la de Shakespeare tendría cien lectores donde ahora tengo uno”.

Títulos ya disponibles en Latinoamérica

– Historia general de las drogas (II Volúmenes)
– Caos y orden
– Los enemigos del comercio (III Volúmenes)
– Rameras y esposas: cuatro mitos sobre sexo y deber
– Retrato del libertino
– Realidad y substancia
– Historia elemental de las drogas
– Aprendiendo de las drogas
– El espíritu de la comedia

Puntos de venta*
– Argentina:
o Boutique del Libro
o Ozonum

– Colombia:
o Librería de la U Colombia

– México:
o Librería de la U México
o Librerías Gandhi

– Perú:
o Librería SBS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*Los lectores del resto de países sudamericanos pueden conseguir los títulos mediante la página web de las librerías citadas o a través de Amazon.

 

 

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La cuestión de género, en cuatro mitos

  • En el año 1978 Antonio Escohotado publicó Historias de familia: cuatro mitos sobre sexo y deber. 15 años más tarde, la misma editorial lo reeditó bajo el título Rameras y esposas
Por Alejandro Menéndez

El cambio de título se debió a, en palabras del propio Escohotado, las «certezas que el tiempo había ido puliendo y cambiando» y a que «su consideración proyectase luces y sombras bastantes distintas» a la primera versión del libro, dedicado en sus dos versiones a sus seis hijos. Como obliga la honestidad intelectual, si los hechos hacen tambalear las afirmaciones, lo mejor es revisitar los fundamentos.

Este mismo mes la editorial La Emboscadura, fundada y dirigida por su hijo Jorge y que ha nacido con el noble propósito de difundir globalmente el pensamiento del filósofo, ha recuperado el título: inasequible tanto por ejemplares como por desembolso.

Escohotado, que anteriormente había publicado un libro sobre la filosofía hegeliana (La conciencia infeliz. Ensayo sobre la filosofía de la religión de Hegel) y otro sobre la evolución del pensamiento griego (De physis a polis. La evolución del pensamiento griego desde Tales a Sócrates), nos pone con Rameras y esposas en el sendero que transitan las verdades constantes y generales que se pueden extraer de una particularidad tan absoluta como la del evento mítico. La aparente contradicción se repliega cuando, cariacontecidos, comprendemos que los mitos, dada su naturaleza religiosa y sobrenatural, apuntalan el edificio del valor inmutable.

El filósofo hace un recorrido a través de diferentes mitos mesopotámicos, griegos y cristianos, extrayendo de ellos pautas generales de asunción de roles dentro de la familia. Desde la figura del padre, rey de reyes, que representa Zeus hasta San José, que suministra sustento y nutrición a la familia y, por tanto, es padre putativo. Asimismo, la figura de la madre es profundamente estudiada. En este sentido, se identifica en Hera el papel de madre que castiga las aventuras de Zeus sin deshonra, pero con elegancia. En episodios posteriores del mito, Deyanira aceptará desconsolada las infidelidades de Hércules con otras mujeres, pues entendía que Hércules fuera codiciado por otras como consecuencia de sus cualidades.

Zeus, transformado en cisne, corteja a su hermana Hera.

 

Sin embargo, de estos relatos no hay que extraer la condescendencia de la mujer respecto a los devaneos sexuales del hombre. Para que no quede pátina de duda Escohotado dirige su mirada hacia Babilonia, en el siglo V a.C., donde las mujeres debían ser desfloradas en el templo de la diosa Ishtar antes de comprometerse en matrimonio; y no por su futuro marido, sino por el primero que pusiese una moneda de plata en su regazo. Esta costumbre arcaica consagra una primordial unidad femenina; y concluye el filósofo: «esa ordalía la hace adulta, igual a las demás, porque ahora ha conocido en la acepción más densa del término –como solo conoce el acceso carnal». La mujer corriente se eleva hasta ramera sagrada, hieródula.

Esta secuencia que se dirige irremediablemente hacia el paraíso de la libertad y, por tanto, de la igualdad se detiene ante el mito cristiano. El ejemplo de la Virgen María es el de la mujer que considera la virginidad intacta «parte esencial del patrimonio que aporta como casadera» Unas líneas más adelante, Escohotado se reafirma con total contundencia: «la tradición que se abre camino con María entiende pureza como limpieza, y limpieza como conservación del himen; de ahí que en griego María no sea pura sino impoluta». ¡Con la Iglesia hemos topado! La interpretación cristiana unida al matrimonio monogámico, decretado por primera vez en la historia por el rey ateniense Cecrops, interrumpen la evolución de los acontecimientos y convierten la institución familiar en otra cosa.

Escohotado, en otro artículo de este mismo blog, lo explica de la siguiente manera: «al triunfar el cristianismo desaparecen las hieródulas. La mitología empieza a ser ocupada por personas decentes, que, sin enardecerse en batallas carnales, trabajan de buena gana catorce horas diarias. A partir de ahora las rameras son solamente dulas o siervas, rameras profanas, no protegidas sino estigmatizadas por la ley». Nos hallamos en el tránsito de lo divino a lo humano. Con todas sus consecuencias.

Si en un principio fue el hombre quien se benefició de la institución familiar pues en ella combinaba posesividad y promiscuidad, más tarde el matrimonio se revela como forma de dominación velada de una madre divina, que usa como mano de obra a un progenitor aparente. La esencia de San José es el altruismo, opción con la que mantiene cubiertas las necesidades de laborosa obtención reclamadas por su hijo. El matrimonio se convierte, pues, en una institución económica. Bajo esta forma de matrimonio el hijo aparece como razón de ser de los progenitores y no como parte de su progenie.

Es en los Evangelios Apócrifos, que proliferaron en la Iglesia a partir del siglo II, donde con mayor exactitud se puede ver el intercambio de papeles padre-hijo que se menciona más arriba. San José se verá obligado a amansar la furia de los vecinos de Nazaret, que han visto como el niño Jesús ha consumado dos amenazas de muerte y ha sumido en la ceguera a un airado grupo que protestaba contra él. Se hace explícita la nueva relación de poderes dentro de la familia, en la que el padre ha de responsabilizarse de las faltas del niño mimado; y se consuma cuando San José en su lecho de muerte, al ver entrar a su hijo, insiste: « ¡salve mil veces, querido hijo! ¡Al oír tu voz mi alma recobra su tranquilidad! ¡Mi señor, mi verdadero rey!» El hijo ha asaltado, definitivamente, el reino del padre.

Asimismo, la madre, ya liberada e inconsciente de su propia condición, eleva el grito feminista al reconocerse más allá de su contingencia: diría Escohotado, «pide ser considerado un cuerpo sin sexo». En estos términos hemos de entender el siguiente titular, muy recurrente en pronunciamientos del filósofo: «La Virgen es un símbolo de rebelión femenina». De ahí que se quiera sostener al mismo tiempo el alumbramiento del niño Jesús y el dogma de la Inmaculada Concepción. Si han saltado por los aires los límites de lo posible, cualquier fantasmagoría puede acontecer.

 

En los dos últimos capítulos se diserta sobre la propaganda de lo unisex que traen consigo los tiempos posmodernos de disolución de sexos, a pesar de que, observándolo con lupa, tales tiempos manifiesten con mayor convencimiento la multiplicación del factor género. Asimismo, se reflexiona sobre la prostitución y sus consecuencias al asimilar el mito cristiano y no cualquier otro. Todo ello con la implacable y lúcida prosa del autor, que acerca la investigación más refinada a un público ávido por conocer.

El libro se adorna con una elegante edición que disemina representaciones clásicas por doquier con ilustraciones de gran calidad. Si al lector le interesa bucear en las profundidades del pensamiento del autor sin caer en sus temas más conocidos – drogas y comunismo – este libro es de obligada lectura.

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Ishtar y la Srta. Butler

(El Viejo andaba pesquisando los orígenes de la Prohibición, en la biblioteca de la JIFE en Viena, cuando descubrió que fijar por decreto la voluntad ajena llevaba tiempo valiendo igual para narcos y zorras en la ONU, y de paso un precedente para el lesbofeminismo integrista. Este artículo de 1985, publicado en El País, no ha perdido actualidad)

Antonio Escohotado

Una arcaica costumbre babilonia, con multitud de ecos en la cuenca mediterránea, exigía que al menos una vez toda mujer acudiera a sentarse en las escalinatas del templo de Ishtar y aceptara al primero que pusiese una moneda de plata en su regazo. Ese día la mujer se convertía en hieródula o ramera sagrada. Hace unos 40 siglos las hieródulas permanentes -sacerdotisas de Ishtar- eran un estamento de altos funcionarios públicos. El derecho las protegía del escándalo con los mismos preceptos que amparaban la reputación de las patricias casadas. En aquella sociedad algunos muchachos aprendían de los escribas esos signos como grabados al azar por las patas de muchos pájaros que son para el lego los grafismos cuneiformes; aunque no se hacían hombres así ni casándose o aprendiendo a usar las armas. Los hacía hombres -conocedores del bien y del mal- la cohabitación con una hieródula durante algún tiempo.

Con todo, la Epopeya de Gilgamesh cuenta la historia de un gran rey que no quiso morir y vivió sus últimos años amedrentado ante la futura casa de polvo. En los años de plenitud había seducido impetuosamente a doncellas y desposadas, y cuando la propia Ishtar se le aproximó con zalamerías tuvo la insolencia de responder:

Amaste al semental que se enardece en la batalla, pero le sometiste a brida, espuela y látigo, le hiciste galopar 14 horas diarias y le diste de beber agua lodosa. ¿Cuál de tus pastores te ha gustado siempre?

Convocada por Ishtar, la asamblea de los dioses acordó que el arrogante fuese castigado con hipocondría crónica y la muerte de su mejor amigo. Ese hombre -un ingenuo salvaje convertido en humano por obra de una hieródula- profirió en su agonía una maldición que desde entonces no ha dejado de perseguir a las siervas de Ishtar:

-Serás una perra en fuga a través de los campos, que el borracho y el acosado golpearán.

De las hieródulas proviene la popular idea bíblica según la cual fue la mujer quien extrajo al ingenuo varón del estado de naturaleza, consumando el pecado original. Y por más que sea una idea antigua, muchísimo más antiguos son los hábitos de la zorrería, rastreables ya en chimpancés y babuinos hembra cuando presentan el magnético atributo a un macho para comerse su comida mientras él anda distraído. Como comenta Paul Gebhard, es probable que intercambiar coito por alimento comenzara en el período de transición entre el simio y el hombre.

Ishtar.

 

Al triunfar el cristianismo desaparecen las hieródulas, junto con las ménades y los silenos de la musical comitiva dionisíaca. La mitología empieza a ser ocupada por personas decentes, que, sin enardecerse en batallas carnales, trabajan de buena gana 14 horas diarias y no protestan por el agua lodosa. A partir de ahora las rameras son solamente dulas o siervas, rameras profanas, no protegidas sino estigmatizadas por la ley. Sin embargo, en los núcleos urbanos considerables, las metas de los poderes públicos serán control e infamación, nunca represión, hasta que a mediados del XIX la alianza de revival religioso y terapeutismo positivista bautice como peligrosos sociales a los antes llamados réprobos, masculinos o femeninos.

En 1869, un movimiento internacional encabezado por Josephine Elizabeth Butler obligó al legislativo inglés a derogar tres leyes sobre enfermedades contagiosas. Las referidas normas preveían una inspección médica de las prostitutas, y la señorita Butler alegó que cualquier regulación estatal suponía una aceptación oficial del intolerable fenómeno. En línea con esto pudo promulgarse federalmente en Estados Unidos la ley sobre Tráfico de Esclava Blanca (1910), que prohíbe trasladar “con propósitos inmorales” a mujeres desde un Estado a otro. De hecho, los norteamericanos nunca tuvieron un problema como el inglés: la mayoría de los Estados prohibían y prohíben tanto burdeles como prostitución callejera, otorgando el control del negocio a organizaciones estrictamente criminales.

La disputa entre la señorita Butler y el laicismo decimonónico presenta concomitancias con una polémica actual. Algunas autoridades municipales expresan una alergia a la moralina que cunde entre personas instruidas por debajo de cierta edad. Sin embargo, las autoridades en materia de problemas femeninos -apoyadas en una convención internacional de la ONU- consideran “imposible” la prostitución voluntaria, y protestan contra todo intento de institucionalizar la explotación de la mujer. Las profesionales mismas parecen pensar que una jubilación y un respeto oficial sólo serían realmente deseables si lo demás (ingresos, autonomía) no sufriese descalabro. Un sector de ciudadanos, quizá minoritario, se rasga las vestiduras ante tamaña osadía de las perdidas.

Humanos somos y nada de lo humano debería sernos ajeno. Modelo entre los crímenes sin víctima, la prostitución presta unos servicios muy estimados privadamente, rara vez incluidos en el protocolo público. Mal podría sanearse por burocratización, ni seguir prohibida sin flagrante hipocresía. Se diría que todo invita a superar, sin ignorarla, la disyuntiva entre legalización e ilegalización. Lo que hagan en privado adultos aquiescentes no debería entrar en la incumbencia de magistrados o psiquiatras institucionales; pero la difusión de enfermedades contagiosas concretas sí es de la incumbencia de todos.

A veces el derecho saca los pies del tiesto y pretende colaborar con los fines de ciertos hogares y templos, como cuando decidió perseguir brujos, libros y asociaciones. Allí donde eso sucede se granjea desprecio, y pronto o tarde -con más o menos víctimas de su sectario celo- se retirará del campo invadido, o se conformará con ser una norma en desuso. La principal conquista de las revoluciones modernas radica en la libertad genérica de hacer y pensar todo cuanto no lesione la persona o los bienes de otro, y no es admisible que algunos de esos otros incluyan entre los bienes propios el derecho a imponer su moral a los demás.

Quienes han investigado el fenómeno con detenimiento afirman que -al menos en nuestra zona del mundo- es un mito atribuir el origen de las prostitutas actuales a muchachas expulsadas del hogar y a tratantes de blancas. La Enciclopedia Británica, por ejemplo, sugiere que una parte considerable de las profesionales contemporáneas se apoya sobre mecanismos como el teléfono y los anuncios en la prensa, dando origen a un tipo de prostituta voluntaria y hasta selectiva, de trabajo esporádico, que si es prudente se asegurará dinerito para algún negocio y si es afortunada hallará un esposo, sin sobrellevar necesariamente estigma ni recibir siempre los golpes del acosado y el borracho. Con todo, uno se pregunta si no es precisamente eso lo más detestado por la señorita Butler y otros empresarios morales.

 

Personalmente, considero la prostitución un oficio casi siempre tan triste como de difusas fronteras, entendiendo por tales las que delimitan el infamante precio del cortés regalo y el duradero beneficio. Jesús defendió con gallardía a María Magdalena, y da cierto asco que las meretrices humildes parezcan criminales, mientras se solicita la beatificación de algunas casadas con jerarcas. No logro tampoco creer que la única y peor prostitución sea la sexual.

Allí donde la prohibición crea negocios lucrativos antes inexistentes, sostenidos por una clientela respetable en lo demás, parece manifestarse una astucia de la razón, que se lo pone difícil aunque no imposible al puritanismo. En el caso presente, para proteger la dignidad de la mujer Naciones Unidas fomenta la pervivencia de un estigma sobre seres tan humanos como los demás, abriendo camino a una explotación de la ramera y el cliente por terceras personas. Siendo imposible que cosa tan obvia se le pase desapercibida a tan alto organismo, quizás en el subsuelo de sus motivos esté la idea de que sin ayuda de uno u otro tipo de gánsteres no hay manera de que ciertos pecados sigan pareciendo delitos.

 

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Escohotado & Hofmann

(Archivo fotográfico de una hermosa amistad)

Cuando acaban de cumplirse 75 años del hallazgo psicofarmacológico más importante del siglo XX: la dietilamida del ácido lisérgico (LSD). Su descubridor, el eminente químico suizo Albert Hofmann, ampliaba sus investigaciones e identificaba el principio activo de los llamados hongos mágicos, la psilocibina. En esos años, el prestigio del científico suizo aumentó de forma exponencial. Fue nombrado doctor honoris causa en Harvard, Zurich, Estocolmo y Berlín, y una invitación de la academia sueca alimentó los rumores sobre sus posibilidades de alcanzar el Nobel. Pero aquello no pudo ser, ya que según sus propias palabras, se refería a la LSD como reveladora de la verdad:

“No es una droga como algunas otras. Es inútil enturbiar nada con ella. Ni el engaño propio ni el ajeno encuentran campo para desarrollarse.” (A. Hofmann)

Quizás por la facultad de dicha molécula para transformar la realidad y modificar la psique de manera hasta entonces impensable, sin producir adicción ni toxicidad orgánica alguna (se activa por varios microgramos, la millonésima parte de un gramo), la bautizaría Hofmann como su “hijo problemático”. Podemos escuchar al venerable anciano entrevistado por Sánchez Dragó en 1989 en este vídeo, donde aparece junto a Antonio Escohotado, responsable de traerle a España como ponente para un curso dirigido por él para la Universidad Complutense en El Escorial*.

¿Qué habría sido de la historia reciente de la humanidad sin la LSD, y qué sería del futuro sin su aparición? Tras su ilegalización en 1968, cuarenta años después una investigación reciente llevada a cabo precisamente en el país natal de Hofmann ha demostrado su utilidad terapéutica en la llamada “psicoterapia psiquedélica”; algo de sobra conocido por la psiquiatría -que la empleó durante los años 50 y 60- como una herramienta invaluable para descubrir los secretos del cerebro humano, debido, entre otras razones, a la similitud estructural de la LSD con la serotonina.

El sueño de Hofmann -que su “hijo problemático” fuese empleado de nuevo en medicina y en psicoterapia- está al fin cada vez más cerca. Muchos fueron los transformados por la molécula ácida, y entre ellos está, como no podía ser de otra manera, el mismo Antonio Escohotado. Entre él y el helvético surgió pronto una gran amistad, se llamaban el uno al otro “mi hijo adoptivo” y “mi padre adoptivo”,  como podemos comprobar en la siguiente imagen que recoge la curiosa dedicatoria para “mi amigo problemático” y “mi amigo eterno” que el científico regaló al pensador español.

 

Y así fue, ambos mantuvieron una amistad que duraría largos años, nutrida por abundante correspondencia, visitas a sus respectivas casas, congresos y reuniones. Hofmann murió con 103 años, y entre los secretos de longevidad estaban lanzarse a su piscina en Basilea cada mañana bajo cualquier climatología y colgarse unos minutos boca abajo -también todos los días- para facilitar el riego cerebral.

 

Desde La Emboscadura hemos querido contribuir a la efeméride con imágenes de ambos compartiendo buenos momentos, además de con la dedicatoria extraída de la biblioteca de Escohotado. En la fotografía anterior podemos ver a Antonio con su hija Rebeca y a Hofmann riendo, al poeta Miguel Ángel Velasco, con su larga melena y su pareja, y Agustín Luceño, sentado frente a Enrique Ocaña. Filosofía, ciencia y poesía a la vez: las tres grandes potencias del ser humano para desenmascarar la realidad. Una microscópica molécula que cambió para siempre el curso de la historia, como diría Miguel Ángel Velasco, Premio Adonais en 1981, en un fragmento del poema “El espíritu del vino” dedicado a Albert Hofmann por su cumpleaños número cien:

Una gota del caldo

del entusiasmo, del cenceño jugo

de la cuba del mundo, del espíritu

del vino del Grial precipitado

en una uva, no, en una pepita

de una pepita,

apenas una esquirla

de ese cristal maduro

del diamante del mundo conseguido,

descortezado y mondo de su noche

de carbón, con su estigma de rubí

de la sangre del tiempo.

 * Por aquel memorable encuentro también transitaron personajes de la talla y prestigio del gigantón Alexander Shulgin (redescubridor del éxtasis y un sinfín de análogos descritos en dos magnas obras -recientemente traducidas al castellano-), el psiquiatra Thomas Szasz y el etnobotánico Jonathan Ott, además de Luis Eduardo Aute y el filósofo Enrique Ocaña, encontrándose gente como Alaska o Bunbury entre el público).

**Agradecimientos a Agustín Luceño, cuyas fotos de la reunión informal con Hofmann, -recibidas hace unos días por sorpresa en La Emboscadura- animaron a la redacción de este texto. 

Artículo /

El acto de emboscarse

Antonio Escohotado

Hace tiempo cerré un artículo con las siguientes palabras de Ernst Jünger: “Librar de miedo al ser humano es mucho más importante que proporcionarle armas o medicamentos, pues el poder y la salud están en quien ha vencido al miedo”. Parecía oportuno hacerlo en un horizonte como el de nuestras sociedades opulentas, donde a menudo se simplifica la relación entre amenaza y temor. Al sobreentender que las amenazas preceden siempre a los temores, el miedo campa consentidamente por sus respetos, multiplicando vigilantes a un ritmo desproporcionado con el crecimiento demográfico. Por mucha riqueza que haya no se divisa un término a la insolidaridad promotora de crimen, ni mejor seguro que seguir fortaleciendo mecanismos de control y punición. Al parecer, el evidente progreso en muchos órdenes no compensa desfases en socialización, crisis económicas, incultura popular, espantosas megalópolis y causas análogas.

Sin perjuicio de todo esto, Jünger trata de ir más al fondo, proponiendo que ningún rearme podrá mitigar las causas del miedo. El temor inconcreto y omnipresente “sólo podrá disminuir cuando el individuo encuentre un nuevo acceso a la libertad”. Nos quedamos algo perplejos, pensando qué implicará ese nuevo acceso a la libertad, expuesto por un hombre vigoroso y creativo que superó la centena en años cumplidos. Pero lo cierto es que Jünger ha sido muy explícito en cuanto a las condiciones de tal acceso. A caballo entre la metáfora y una crónica textual de su propia vida, ofrece a nuestra consideración la figura del emboscado.

Si preguntamos quién es tal sujeto, la respuesta dice: alguien que siente y actúa como persona singular soberana. Suena extraño a primera vista, no menos que quizá vago y hasta arriesgado. Para ser exactos, suena a probablemente delictivo, considerando que nadie llega al bosque sin “reservarse la decisión” en ciertos campos, campos donde la propaganda urge con gran vehemencia a delegarla. Concretamente, no será un emboscado mientras decidan por él en medicina, ética y acatamiento a las leyes; tampoco lo será mientras no plantee como cuestión exclusivamente suya su propiedad y el modo de afirmarla. De los protectores y vigilantes institucionales exige algo sencillo en extremo: recurrir a su ayuda cuando lo crea conveniente él, no cuando lo crean conveniente ellos.

Cabría pensar que esto olvida a los demás y a la totalidad, si no fuera porque supone justamente lo contrarío. Reservarse la decisión es exigir que les sea reservada a los demás y a la totalidad, sin otro posible perjudicado que el armador Leviatán y su crucero de lujo Titanic, que imponen condiciones de oligopolio al pasaje. El emboscado no quiere salir de la coacción como quien se opone a una en nombre de otra, como quien huye hacia algún destierro o como quien anda poseído de misantropía.

“Bosque” no es un lugar geográfico determinado, ni nada finalmente distinto del punto donde pernocta un corazón reñido con cualquier forma de crueldad. Ahora bien ¿qué se ve desde la emboscadura? Junto a la necesidad de desoír toda norma impuesta por violencia, la de aprender a hacerlo evitando una fulminación definitiva. A cambio del riesgo, resistir la coacción libera de sentirse aplastado por el aparato. Abrumadoramente poderosa para quienes profesan soberanía nacional en vez de soberanía personal, esa maquinaria se revela al mismo tiempo como tramoya cambiante, simple escenario para el viejo dilema entre ser y no ser.

El coraje de la verdad

A partir de aquí uno abandona el fraude llamado infalibilidad científica para entrar en teología. La parafernalia tecnológica obtiene -como lo demás- su apoyo en dos ramas de realidad última: una, designada de antiguo como lo sacro y eterno; otra, que algunos llaman humanitas en sentido fuerte. Cualquiera de las ramas lleva a aquella alocución de Hegel pidiendo el coraje de la verdad: los humanos deben honrarse a sí mismos y considerarse dignos de lo más alto; jamás podrán sobrestimar la potencia del espíritu. Con esa divisa por norte, los emboscados presienten innumerables Cristos, renacidos sobre una amalgama de Hércules, Atenea y Dionisos, que invocan “el placer de hacer real la libertad”.

Teología pura y dura, pues, en los antípodas del nihilismo. Quien acate la nada como ser sucumbirá a la herida del tiempo, inmerso en una avidez infantil de novedades-baratija que nacen ya caducas, sin perspectivas de crecer él al ritmo de sus propios años. No tiene sentido emboscarse sino para entrar en contacto con lo divino e intemporal que subyace a cada presencia; para bañarse en las fuentes originales de jovialidad y abundancia, y para saber hacer frente a la angustia que como un buitre devora nuestro hígado a pesar de todo, porque la profundidad es fugaz y aparece teñida por la sangre de tantos sacrificios evitables.

Pero lo primero que el emboscado aprende es a distinguir dónde están los peligros inventados para hacerle pusilánime, y dónde aquellos peligros de los que nadie podría escapar, aun siendo impecablemente valeroso. Quimeras y monstruos góticos, con los demás jeroglíficos de la opresión, adornan a un poder que desde Ramsés en adelante se perpetúa dividiendo a los hombres en fieles vasallos y contumaces enemigos. Sus detentadores han degradado el combate por la dignidad personal a masacre, en la que todos pueden sucumbir salvo ellos mismos, y quienes acepten lucir un uniforme lucharán en realidad para reforzar servidumbres, flanqueados por profesionales del exterminio.

En esencia, la domesticación de hombres pasa por lograr que, hasta los actos libres no parezcan tales, cosa cumplida en la práctica cuando una jerarquía de peligros extrínsecos sustituye al contacto personal con las fuentes intrínsecas del miedo. Así se coloca el sargento detrás de la tropa cuando llega la hora del asalto, con un fusil que amenaza al posible desertor en la carnicería, y así se coloca detrás de quien inventa o fabrica armas la sombra de colegas igualmente ruines, trabajadores a sueldo para otro Leviatán. Pero esa técnica fracasa con el emboscado, que teme ante todo incumplir la parte divina de su naturaleza y, en esa misma medida, quiere contemplar serenamente el misterio de la muerte.

Entrados ya en el siglo XXI, con los valores vigentes, cuesta imaginar algo más intempestivo. ¿No vivimos acaso un grandioso rechazo de la libertad como goce justamente cuando las libertades parecen más conquistadas? Con todo, quien se tira al bosque no mendiga asentimiento ni cree en el número como legitimación. Quiere aniquilar el miedo y desespera de lograrlo multiplicando las gendarmerías. Su apuesta es lograrlo con una convergencia poética, eminentemente natural, de su deber y su placer. Como dice el propio Jünger, esa posibilidad no es cosa de fuera.

“El mundo donde estamos se asemeja a un embarcación, que a veces exhibe rasgos de confortable lujo y otras muestra signos de terror. A la mayoría de los pasajeros les pasa inadvertido que habitan simultáneamente en un mundo distinto. Tan superior es el segundo de estos reinos al primero, que parece contenerlo dentro de sí como un juguete. El segundo de estos reinos es puerto, es patria, es paz y seguridad, cosas que todos nosotros llevamos dentro”.

Conversaciones, Entrevistas /

El populismo, a examen

Antonio Escohotado disecciona el fenómeno de masas de la mano de Jesús Vega a lo largo de 10 entregas

Desde La Emboscadura tenemos el placer de anunciar la disponibilidad de un ingrediente más en la coctelera del pensamiento del filósofo español. Y es que desde hoy la plataforma de aprendizaje online Vivlium ofrece la oportunidad de seguir profundizando en las ideas de Antonio Escohotado mediante un curso gratuito compuesto por diez entregas audiovisuales.

Continuando con su misión de difundir las ideas y hallazgos del pensador a nivel global, buscando a la vez nuevos formatos y públicos, os animamos a todos los emboscad@s al disfrute y aprendizaje intelectual mediante esta agradable -aunque sesuda- conversación que se grabó hace unos meses en el jardín del autor de Los Enemigos del comercio, en la serranía madrileña.

A lo largo de las diez entregas de 10 minutos aprox. que lo componen, Jesús Vega -cuya breve pero intensa trayectoria corporativa le llevó dirigir el departamento de RR HH de Zara y después escribir La empresa sensual- entrevista en profundidad a Escohotado en busca de los orígenes del populismo, recorriendo después su evolución histórica hasta el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial y llegando a nuestros días.

Para inscribirse como alumno en el curso -y recibir un posterior diploma, no es broma- basta con registrarse en Vivlium y acceder a través del siguiente enlace. Por petición expresa del autor y en contra de la tónica general de la plataforma, la inscripción y visionado de todos los capítulos es de acceso gratuito: Desmontando el populismo con Antonio Escohotado

Para los que todavía os lo estéis pensando os recordamos el vídeo introductorio que publicamos en su día en este blog, en torno a la desconocida y sorprendente figura de Telys de Sybaris como primer populista y el primer sibarita de la historia, acostumbrando a dormir, ni más ni menos, que en colchones de pétalos de rosa roja…

Índice de curso Desmontando el populismo con Antonio Escohotado:

  • -Introducción: Telys de Sybaris, el primer populista
  • -Lección 1: ¿Qué es el pueblo?
  • -Lección 2: Economía, sabiduría y democracia
  • -Lección 3: La vertiente religiosa
  • -Lección 4: Riqueza y libertad
  • -Lección 5: El tabú de la riqueza
  • -Lección 6: Las ruedas del comercio
  • -Lección 7: De la Revolución Industrial a Marx
  • -Lección 8: Las intenciones del comunismo
  • -Lección 9: La puesta en práctica de Lenin
  • -Lección 10: El comunismo tras la Segunda Guerra Mundial
Artículo, Entrevistas, Hito /

Fenomenología del Prime Time

Intrahistoria del programa emitido el pasado domingo,
cuando Escohotado conversó con Risto Mejide en su Chester

 

27/10/17

Antonio Escohotado se abrochaba la camisa mientras la televisión ofrecía la imagen del Parlament aprobando la constitución de “la república catalana, como Estado independiente y soberano”. Su cita en el plató de La Fábrica de la Tele le exigía un madrugón desacostumbrado –esto es, la una de la tarde-, subrayando los consabidos reparos del Viejo a presentarse en espacios televisivos de gran audiencia.

Cedió a la propuesta de darle “una gran alegría” a su Jorge, que ejerciendo como báculo de la ancianidad gestionaba la paciencia del taxista que esperaba fuera. Demostrando un entendimiento despejado, el chófer –a quien el presentador no le hacía “mucha gracia”- trascendía sus habilidades de conducción sirviendo además como sparring para que el sabio empezase a carburar. Los ritmos televisivos, la incertidumbre de no saber qué entrará en el montaje final, y un público que divide su reacción entre el aplauso y el abucheo, demandan un calentamiento previo que prepare la profundidad del discurso para la ágil ejecución del vetusto púgil.

Tras el plató donde descansa el Chester, la zona reservada a técnicos se llenaba de murmullos y risillas conforme progresaba la entrevista, comentando entre otras cosas cómo Risto estaba “flipando”. Para cuando el desmayo de una persona del público, y la llegada del SAMUR, marcaba el fin de la entrevista, Escota ya había abandonado sus reticencias ante el formato, contento por el trato recibido y no insatisfecho de su propia performance. Ya en casa, comentaba la jugada: “me pregunta si he tomado algo, y digo ‘sí’, y luego pienso… ¿y si le digo que ‘mucho’? Venga!” Así es como improvisó ese “sí, mucho”, ya un clásico del imaginario escohotadiano.

11/02/18

Narraciones románticas aparte, la intervención de Escohotado en Cuatro es un hito para la historia de la televisión y para La Emboscadura, cuyo objetivo es difundir y presentar el pensamiento del sabio a audiencias y territorios donde antes solo llegaban rumores. Tanto puede ser el mercado anglosajón como el Prime Time, en el último caso con la convicción de que el rigor que sistematiza su discurso no perderá coherencia bajo ningún código en el que toque mostrarse.

Desde madres escandalizadas a seguidores decepcionados, la multiplicidad de las opiniones deja ver que la realidad efectiva es la conversación en sí, y que la noche del 11 de febrero Escohotado fue uno de los ejes que hicieron pivotar el intercambio de opiniones y juicios en España y otros países hispanoparlantes. Así lo demuestra el hecho de haberse colocado el filósofo como Trending Topic -habría que añadir al dato los hashtags #ChesterMillenial y #ChesterEscohotado-.

 

De la parte de los detractores, bien se opongan a lo sucedido porque el pensador les resulta estomagante, o porque este presentador en concreto les resulta estomagante, ambas facciones parecen estar de acuerdo en querer mandar sobre la realidad, quizá rechazándola cuando no cuadra con sus preceptos y prejuicios. Estarían desoyendo el consejo principal del ensayista, que lejos de reclamar cualquier posición parecida a la de un gurú es un “piensa por ti mismo” catedralicio. Tanto Risto como Escota, así como el movimiento de personas y cosas entre bambalinas, son responsables de que el “oráculo de Galapagar” actualice su principal enseñanza en horario de máxima audiencia. Aclaramos que no es nuestra intención malversar las opiniones discordantes, sino utilizarlas de ejemplo para poner de relieve el valor de adaptarse a un lenguaje refractario al desarrollo completo de reflexiones más o menos profundas. Agradecemos profundamente cualquier tipo de manifestación al respecto ya que lo que prima siempre es poner en juicio las cosas desde cualquier perspectiva. Como expone Hegel en la Fenomenología: “esa realidad solo tiene su sustancia y su sostén en el espíritu que existe como un juzgarlo todo y un someter todo a comentario, y que es el interés en tener un contenido para ese razonante dar vueltas y más vueltas a todo y para andar siempre disertando, parlando y parloteando acerca de todo, que es ese interés, digo, lo único que sostiene y conserva al Todo y a las masas en que ese todo se articula.”

Parece un signo saludable del hoy que la complejidad propia de batallar con la entelequia denominada “público general” se salde con un par de cargas de profundidad que hagan a uno moverse -siquiera un poco- de la silla. Al extrañamiento que acompaña oír a un público de televisión reír con la ocurrencia de que Puidgemont fume DMT, sigue la segura sonrisilla del Viejo: un ejemplo de cómo aceptar la responsabilidad personal de cada presente pavimenta una vejez sin envidia de juventud. Ejemplo que los millenials que le precedieron en el Chester harán bien en seguir.

 

Gracias a todos los que participasteis, participáis o participaréis en el hilo escohotadiano.