A PROPÓSITO DE LA VIGENCIA ACTUAL DE «EL ESPÍRITU DE LA COMEDIA», DE ANTONIO ESCOHOTADO

A PROPÓSITO DE LA VIGENCIA ACTUAL DE «EL ESPÍRITU DE LA COMEDIA», DE ANTONIO ESCOHOTADO

Por Juan Manuel Ortiz

A ningún demócrata de corazón se le escapa que por todo el planeta estamos viviendo tiempos convulsos en los que la democracia y el incipiente Estado global tratan de hacer frente denodadamente a un nuevo desafío del populismo totalitario. Una encrucijada debida, a nuestro modo de ver, a que el ciclo histórico iniciado con la Ilustración y las revoluciones liberales se cerró en falso. Como resultado, estamos contemplando un recrudecimiento del viejo debate entre aquellos que sostienen el reforzamiento de los poderes gubernativos y quienes defienden una vuelta a los viejos principios liberales. Así, David Boaz (D. Boaz, The Libertarian Mind, 2015) detecta un resurgimiento generalizado del liberalismo en las sociedades occidentales, y en particular la estadounidense, decepcionadas con el cada vez más asfixiante intervencionismo estatal y su penosa secuela de restringir cada vez más los espacios de libertad.

Pues bien, es precisamente ahora cuando la editorial La Emboscadura, dedicada a la loable labor de recuperar la obra del filósofo, sociólogo y jurista madrileño recientemente fallecido Antonio Escohotado (1941-2021), ha reeditado hace poco una de sus obras fundamentales: El espíritu de la comedia (1991), un texto capital del libertarismo español que mereció el Premio Anagrama de Ensayo en 1992, año de grandes fastos en el que los intelectuales españoles se habían ya pasado en masa a las filas de la burguesía gracias a los servicios prestados a los nuevos poderes democráticos (G. Morán, El cura y los mandarines, 2014). En tal contexto, la publicación de esta obra vino a ratificar la imagen insumisa del autor, bien ganada desde su reveladora estancia en Ibiza durante los años 70 (A. Escohotado, Mi Ibiza privada, 2019).

En este trabajo, un preciso análisis sociológico del poder ejecutivo, Escohotado constataba que la política occidental se había convertido en una auténtica farsa, pues la comedia había logrado alcanzar un envidiable vigor en la escena pública gracias al impulso recibido de lo que el autor denominaba la “dineromanía”. Con este neologismo describía, en términos de F. G. Jünger, una ilusoria riqueza del tener en oposición a la efectiva riqueza del ser, la cual calificaba como “la pasión más nefasta y abyecta para la sociedad”, pues había conducido a la mercantilización de prácticamente todo tipo de actividad humana. Esta actitud acabó por transformar, al modo de Molière, la comedia en principal fuente de lo cómico, ya que, en contra de la más elemental noción de bien común, fue promovida por el poder, a través del aparato propagandístico, a talante propio de todo ciudadano sano y cabal.

La capacidad de este modo adquirida para gestionar la espontaneidad humana desde dentro del propio sujeto redujo a los ciudadanos a la condición de actores o espectadores supuestamente deseosos de divertidas farsas, de manera que el poder propagandístico se viese autolegitimado para imponerlas como único espectáculo público.

A la luz de tales consideraciones, la propaganda podría considerarse una institución de carácter financiero que en última instancia fundamenta el Estado de control, ya que, al sustituir a la reflexión personal, permite al poder ejecutivo en manos de los partidos, cuyo fin original era representar el pluralismo social, erosionar progresivamente los derechos y libertades individuales garantizados constitucionalmente. Mediante la propaganda dinerómana, basada en una visión de la técnica como artificio pernicioso y una concepción determinista del ser humano, se explota nuestro miedo a la libertad, cuyo fundamento último se encuentra a su vez en el temor a la muerte, y así se anula nuestra responsabilidad individual bajo la promesa de seguridad y confort hogareños.

Por tanto, para Escohotado, el aparato estatal no es más que un Gran Hermano orwelliano que supervisa la vida de sus gobernados con el fin de eliminar las fuentes de miedo que él mismo se encarga de crear (guerra, delincuencia, drogadicción, inflación, recesión económica, etc.) y, de este modo, someterlos a su dictado. El terrorismo resulta buen ejemplo de ello, pues, como operación propagandística que es, refuerza al gobernante pareciendo desestabilizarlo y excusa violaciones de los derechos humanos amparadas en el secreto de Estado por motivos de seguridad (recuérdense los GAL o la Patriot Act).

Frente a tal confusión entre Estado y Gobierno, entre Derecho y Legislación, en opinión del autor, con quien coincide plenamente D. Boaz, resulta urgente recuperar el control del poder ejecutivo de acuerdo con los principios jeffersonianos (T. Jefferson, Autobiografía y otros escritos, 1987). El sufragio universal por sí solo es insuficiente, ya que la propaganda, mediante la construcción de un imaginario a gusto del consumidor político, anula cualquier tipo de expresión popular no solo en las elecciones, sino también en cualquier ensayo de democracia directa. Por consiguiente, son asimismo indispensables una eficaz garantía de los derechos y libertades individuales junto con una decidida descentralización gubernativa, esto es, sucesivas delegaciones de poder orientadas al autogobierno de las diferentes comunidades humanas hasta llegar al mismo individuo.

Hasta que esto no ocurra, la aspiración a vivir en libertad seguirá implicando el riesgo más que probable de verse abocado a la marginación social y política, cuando no de padecer la represión policial por razones de carácter moral ajenas al derecho, como son, entre otras, la condena de la exigencia de información veraz, de la rebeldía por los abusos de poder o del consumo de drogas puras. En este punto Escohotado se encomienda a los “crímenes sin víctima” ya analizados en Majestades, crímenes y víctimas (1987), así como a la actual guerra contra las drogas, profusamente explicada por él mismo en su monumental Historia general de las drogas (1989). Ahora bien, ¿cómo podemos redimirnos de los miedos inducidos por el poder y recuperar la libertad de acuerdo con nuestra naturaleza?

Es precisamente a la hora de responder a esta incógnita cuando El espíritu de la comedia podría resultar más sorprendente para aquellos lectores profanos en el pensamiento de nuestro autor. Y es que, sin dejar de reconocer que el propio consumismo y los avances tecnológicos nos han permitido crear esferas de autonomía individual antes inconcebibles, Escohotado perfila ya en la primera parte del libro, al modo de sus admirados filósofos griegos, su propio concepto de sabio de hoy en día. Para ello, tras adentrarse sin mayores aprehensiones en los pantanosos terrenos de la metafísica de la mano de M. Heidegger y E. Jünger en busca de “lo divino e intemporal que alberga el corazón humano”, combina las figuras del emboscado (E. Jünger, La emboscadura, 1988), el guerrero chamánico (C. Castaneda, Las enseñanzas de don Juan, 1968, y volúmenes subsiguientes), Jesucristo y el hippy festivalero norteamericano para moldear una suerte de héroe contemporáneo con rasgos de superhombre nietzschiano (valiente, iluminado por un conocimiento sin prejuicios, dotado de aptitudes artísticas, animado por toda suerte de virtudes personales y sociales, y, sobre todo, completamente libre) que no transige en su voluntad de dar la batalla al subyugamiento de los seres humanos con el único objeto de que crezca libremente su entendimiento.

Como el lector habrá podido ya comprobar, el paso del tiempo no ha hecho más que confirmar el análisis de Escohotado de manera descarnada, en particular tras la severa crisis de 2008, cuando el sistema de rapacería sistemática instituido por la denominada “casta política” (término acuñado en esta obra y luego popularizado por Pablo Iglesias) quedó ostensiblemente expuesto a ojos de los ciudadanos como el show descrito en El espíritu de la comedia. Sin embargo, el hastío de la población, a pesar de haber revertido la ya enquistada tendencia a la abstención denunciada por Escohotado por la aparición de nuevos partidos políticos en España, no parece estar llevando a un saneamiento de nuestras maltrechas democracias. Más bien al contrario, puesto que el engañoso contexto histórico en el que vivimos favorece el resurgimiento de constructos totalitarios como “pueblo” o “nación”, de recuerdo bastante estomagante para los europeos.

Si el siglo XIX acarreó la progresiva instauración de regímenes de corte liberal que propiciaron una etapa de prosperidad y progreso inimaginable por sus propios propulsores (S. Pinker, Enlightenment Now, 2018), el siglo XX urdió una gravísima amenaza para ellos en la forma de un totalitarismo feroz que, si bien fue derrotado militar y económicamente, no lo fue ideológicamente, pues pervivió en el mismo corazón de los propios regímenes parlamentarios. Con la excusa de detener la amenaza comunista interna, las élites político-empresariales democráticas traicionaron los principios republicanos fundacionales en beneficio propio al adoptar recetas de corte marxista disfrazadas de keynesianismo que, con el tiempo, fueron creando en las propias constituciones liberales ámbitos de autoritarismo, clientelismo y manipulación social que les permitieron reforzar su control sobre la población y desarrollar descomunales redes de corrupción, aspecto que precisamente es analizado en la obra que comentamos.

No es otra la razón de que el tan cacareado fin de la historia anunciado tras la rendición de la URSS (F. Fukuyama, The End of History and the Last Man, 1992) no resultó ser más que el inicio de una nueva mutación del “pensamiento pobrista”, tan viejo como la Revolución Agrícola (A. Escohotado, Los enemigos del comercio, 2008), el cual promulga la instauración de órdenes estrictamente igualitarios dirigidos por mesías redentores, o “domadores de personas”, según el propio autor, acompañada de la persecución de toda actividad comercial.

Pues bien, es esta aparentemente bienintencionada cesión al intervencionismo lo que está permitiendo a los nuevos partidos de izquierda radical (que denuncian cada fallo del sistema, magnificado hasta el delirio por un vergonzante paternalismo, como un nuevo ejemplo de la barbarie capitalista), a su contrapartida derechista (que mezcla nacionalismo extremo, el imperecedero proteccionismo arancelario y una defensa a ultranza de la libertad empresarial sin ataduras que trata de hacer pasar mera dineromanía por liberalismo) y a partidos alarmantemente autodenominados nazis (que expresan un rechazo violento y sin concesiones a los regímenes liberales, causado por la profunda irritación de diferentes sectores sociales) amenazar la estabilidad internacional y las sociedades libres.

Todos ellos explotan sin tapujos el resentimiento de los sectores denominados en las sociedades ricas “perdedores de la globalización” y no dudan en legitimar un control férreo de unos medios de comunicación altamente ideologizados y coordinados con un poder judicial al que asimismo tratan de someter. Un ejemplo palmario de ello lo encontramos en España, donde del “Montesquieu ha muerto” del Vicepresidente del Gobierno en los 80 hemos pasado a la “intolerable injerencia de los jueces en la política” que los populistas y nacionalistas difunden incansablemente por todo tipo de medios, incluso a través de televisiones públicas, a raíz del juicio por el intento de golpe de estado en Cataluña de 2017.

Hasta aquí, nada nuevo en realidad, como indudablemente advertirá el lector de El espíritu de la comedia. Lo verdaderamente aterrador del asunto es la aceptación activa de tales procedimientos por una buena parte de la población gracias a las nuevas técnicas de manipulación informativa surgidas con Internet y las redes sociales. Jano García, en un iluminador ensayo reciente prologado por el propio Escohotado poco antes de su muerte (J. García, El rebaño, 2021), describe cómo el espíritu cómico se ha transformado en una suerte de “alogocracia”, cuyo fin no es otro que el establecimiento por parte de un poder dinerómano, formado por políticos, lobbies, grandes empresas y potentados de diverso pelaje, de una hegemonía cultural de corte gamsciano que trata de imponer un pensamiento único basado en un cóctel de causas nobles presentadas como indiscutibles (feminismo, antirracismo, ecologismo, identitarismo, etc.) a través de un estado progresivamente totalitario decidido a erradicar cualquier atisbo de libertad de expresión. Tal extremo de comicidad alogócrata ha alcanzado la vida política, que, en un número creciente de países occidentales, entre los que destaca España, el hecho de acudir a votar se ha convertido en un acto de cada vez mayor transcendencia histórica.

En suma, ante esta tesitura, agravada a la máxima potencia por la pandemia planetaria del COVID-19, buscar inspiración en este modelo de ciudadano libre y audaz retratado por Escohotado parece, si cabe, más necesario aún que cuando apareció El espíritu de la comedia. En cualquier caso, dada la proliferación de elecciones causada por la dolorosa adaptación del sistema al pluripartidismo, la lectura de esta obra resultará sin duda particularmente sugerente a los ciudadanos más avezados, puesto que en sus páginas no dejarán de encontrar una sagaz refutación de alguna de sus creencias más arraigadas. De manera harto clarividente, en el prefacio del libro, el autor comparaba la publicación del libro con el lanzamiento al mar de una botella que contiene un mapa de lo cotidiano y de lo extraño. Ahora que su autor ha callado para siempre, no se me ocurre mejor homenaje a su pensamiento que destaparla y leer el mensaje.

 

2 Comentarios
  • Miguel Ángel Amarilla Solís
    Publicado 12:41h, 05 abril Responder

    Excelente artículo de Juan Manuel Ortiz, que encaja perfectamente, con los convulsos tiempos de incertidumbre que vivimos y que tan bien les viene, a los acérrimos enemigos de la libertad y de la ecuanimidad, que es la verdad mas intrínseca como diría Marco Aurelio. Muy digno homenaje póstumo a una de las figuras más relevantes del pensamiento contemporáneo libertario. Azote de colectivistas irredentos y de los nuevos moralistas woke, Antonio Escohotado vivió lo que postuló, con inusitada coherencia, en unos tiempos marcados por contradicciónes e imposiciones, de los que más alto gritan en pos del progreso.

  • Juan Pedro Uyá
    Publicado 19:28h, 06 abril Responder

    Gracias por el estupendo artículo, esclarecedor y bien escrito.

    Me anima a comprar este libro de Escohotado, cuya cruel portada con el cartón de Goya ya lo hace atractivo a primera vista.

    Espero que, como da a entender la reseña, el pelele zarandeado (¿nosotros?) está más como revulsivo que como maldición.

    Como decía el autor en otro libro: la rendición de la voluntad produce tristeza. Supongo que de eso habrá en este libro que leeré.

    Gracias y saludos.

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