Fragmento de Sesenta semanas en el trópico

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Una ventaja de estar tan lejos de casa es poderse olvidar de las fiestas, con su pesebre y sus Reyes Magos, que me traen recuerdos melancólicos y también un punto de rabia. La melancolía viene de todo lo inconmovible que se movió, empezando por mis padres —desaparecidos hace ya más de tres décadas—, siguiendo por dos bellos y largos matrimonios y terminando por todos los seres queridos de cuando creía, o fingía creer, en los Reyes. No he sido capaz de devolver con creces el afecto que tantos benefactores me otorgaron tan liberalmente, bien porque ya no están o bien porque la vida impide estar en varios sitios a la vez, albergando sentimientos iguales hacia distintas personas. Como la culpa es del tiempo, o mía, esta reacción ante las fiestas navideñas intenta proteger de una ternura que corta como un bisturí el caparazón del carácter, llegando hasta las vísceras que exigen cuidado, benevolencia y, en definitiva, amor sin condiciones. Debo darlo, cuando ya es demasiado tarde.

La rabia navideña me viene de los regalos, y concretamente de las montañas de juguetes que algunos niños reciben, tan absurdos y desproporcionados como para que sólo les interesen unos segundos, cuando mucho un par de minutos. Entre cinco y quince cajas de cartón depositadas al pie del árbol o el pesebre ofrecen fantoches de plástico con bocinas y luces, un vehículo de pedales o a motor, los últimos muñecos exhibidos por la televisión, algún invento técnico infantilizado, disfraces, chucherías y cualquier cosa que el niño haya pedido a los Reyes. Como en su cumpleaños, el tira y afloja de la vida se convierte en un obsequio que suspende las reglas de economía, cooperación y realismo de cada día. Los donantes entienden que esas reglas son tristes, y —corrigiendo en su hogar la miseria de la sagrada familia en Nazaret— acumulan donaciones cuyos meros envoltorios no caben en dos cubos colectivos de basura, de tan voluminoso como resulta ser el continente. Por otra parte, es imposible que el regalo emocione cuando se hace de manera masiva dos veces al año, y la alegría imborrable de recibir uno se convierte en costumbre de abrir caja tras caja de insulsas excentricidades.

Me molesta ver la segunda bicicleta regalada a una niña cuyos padres temen dejarla montar, mientras el hijo del vecino sueña ya con la primera como un alquimista con su piedra filosofal. Ese hijo del vecino se resigna sin amargura a que sus padres tengan un coche menos caro, por ejemplo; pero el derroche navideño acontece en la misma fecha del año, cuando al día siguiente la pandilla se reunirá para compararlos, y le sitúa ante algunos compañeros en una posición que no es tanto envidia como inferioridad. Cada juguete que recibe un niño sin ilusión frustra las ilusiones de su coleguilla, incomparablemente más que si lo recibiese con entusiasmo, porque en vez de compartirlo con él se apilará en un armario o esquina de su cuarto, recordando que algunos tienen hasta lo indeseado. El adulto conquista su posición económica, y si uno tiene más consumo suntuario se deberá a que puede o quiere. Los niños, en cambio, van a remolque de sus mayores, y los fastos de Santa Claus les enfrentan a algo no ya ajeno al poder y al querer, sino al merecimiento.

Ponerme tanto en el lugar de los niños que reciben menos en estos banquetes del plástico viene sin duda de mi propia infancia, pues aunque mi padre ganaba buen dinero tuvo la ocurrencia de llevarme a un colegio de millonarios. Yo tenía sin duda bastante e incluso de sobra con los liberales regalos que él y mi madre me hacían, y no recuerdo una sola ocasión en que me doliesen los Reyes de otro. Pero el olvido es una cortina piadosa que corremos para honrar a seres queridos, o descargarnos nosotros de mezquinos resentimientos. Ahora, cuando de mí depende atiborrar o no con presentes a los pequeños, querría que ningún niño se entristeciera pensando en la fragilidad económica de sus padres. Quizá si el ir de compras no fuese tan absorbente —para damas con déficit en otras vocaciones— podríamos devolver el juguete a su sentido más práctico y conmovedor. Esto es, algo que tienda puentes entre el mundo infantil y el mundo adulto, hecho si posible fuese con las manos de los padres, como una muñeca que vi producir a una pareja de italianos sin dinero, en una aislada casa payesa de Ibiza hacia 1973. Él talló su cuerpo a partir de un trozo de madera blanda, y ella le hizo un traje de florecitas, como el que usaba la propia niña, Andrea. Quince años más tarde, cuando Andrea volvió convertida en mujer, la muñeca y ella seguían siendo inseparables.

—Le cambio el vestido cada tres o cuatro años, aunque siempre será de flores.

Hasta qué punto los niños prefieren sencillez y aprendizaje me lo ha ido haciendo ver también mi propia prole. Antes de tener su playstation (un invento de indiscutible mérito), mi hijo Antonio nunca había disfrutado tanto ni tanto tiempo como gracias a una peonza. Empezó con la regalada, que estaba llena de adornos inútiles, y según fue haciéndose más competente buscó otras cada vez más simples y eficaces, pues hasta en peonzas o yoyós hay grandes campeones. Esto no es exactamente lo que pretende El Corte Inglés en sus campañas de Navidad, y tampoco colma el ansia adquisitiva de madres y abuelas, justificada en que los niños conserven así «la ilusión». Pero el efecto más recurrente de tanto regalo convencional es una especie de indigestión para unos, combinada con melancolía para otros. Cuando la ilusión resulta ser milagrera —apoyada sobre Reyes Magos, Santa Claus o Papá Noel—, que estos santos empachen a ciertos niños mientras ignoran al resto no resulta tan alegre, ni para los unos ni para los otros.

 

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