Por Héctor López

Hace demasiado poco que conozco la figura de Antonio Escohotado, pero es gracias en gran medida a la labor de su hijo Jorge, con el proyecto de La Emboscadura, y la necesidad en estos tiempos de la difusión del pensamiento de su padre en redes sociales.

Yo soy uno de esos dichosos damnificados por el aluvión de realidad de este jodido y molesto viejo para unos, alabado y respetado por otros, e invisible para otros tantos. He de reconocer que habré visto gran parte del contenido audiovisual que hay referente a Antonio en YouTube, aunque apenas he leído partes de su obra. Pero he pasado demasiadas horas seguidas junto a él y sus palabras. Que se lo digan a mi querida Ester. Y el poder de información y aprendizaje, con un uso correcto que tenemos a día de hoy en internet, es infinito.

Entonces vi la necesidad de aprender más de cerca, con el propósito de ofrecer mi ayuda en el apartado audiovisual, e intentar mejorar, bajo mis posibilidades y sus necesidades, parte del valioso contenido que se está generando desde La Emboscadura. Mejoras de audio, divisiones de conferencias en tramos, etc.

Y pasaron un par de meses.
Y solicité audiencia.
Y se me concedió.
Y de repente todo sucedió.

Llegué a Madrid con unos cuantos cafés de más, bastantes cigarrillos de más, lo que hacía que el nerviosismo acumulado ante la llegada del momento, se multiplicara.

Y allí me encontraba, en la terraza del Bar Las Cañas, en torno a las cinco de la tarde de un martes, esperando a Jorge Escohotado, que -tras unos meses de intercambio de mails, y algún que otro vídeo para YouTube-, por fin me disponía para el encuentro, y sin saber muy bien qué hacer. En realidad, no quería profundizar mucho dentro de mi cabeza, no quería planificar demasiado, sino dejar que los hechos sucediesen con la mayor normalidad posible.

Pero tenía algo claro, quería ser yo mismo, no iba a entrevistarle, quería conocer más a Antonio, y resolverme en sus palabras, poder hablar de tú a tú, siendo un consciente inconsciente ante el abismo que existe entre él y yo. Quería contarle mis propias experiencias, intentar atesorar la oportunidad que tenía para lograr tener una reflexión en sus palabras. Y tras un pequeño viaje de Madrid a la Sierra, con su tercer hijo de copiloto indicándome entre un caos de coches y carriles, llegamos al destino.

Entré por la puerta de la casa, con las manos sudorosas, pero con una sonrisa que no podía evitar. Estaba ahí, tras esa puerta que da al pequeño salón/espacio de trabajo de Antonio, en su escritorio, con todos sus libros de fondo. Tal como he visto tantas veces en diversos vídeos. Y como de si alguien que conociese desde hace tiempo se tratase, nos saludamos, y enseguida le comenté lo bien que le quedaba ese estilo con la barba más crecida. A partir de ahí, fue una experiencia maravillosa, gratificante, y altamente reveladora.

 

Compartimos impresiones y una maría que había llevado para poder invitar. Muy buena, por cierto. Pasaron las horas, entre charlas, risas, y un paseo por los alrededores.

La verdad, ahora en reposo, sigo perplejo y como en una nube, ante la normalidad y la naturalidad familiar de todo el encuentro.

A lo largo de las horas de conversación, y de la manera más disimulada que pude para no perturbar el momento, dejé eventualmente la cámara grabando, para que, al llegar de vuelta a mi casa, tener esas conversaciones, y volver a escucharle. Fui consciente de mi incapacidad para poder razonar en tiempo real todo lo que Antonio pudo llegar a decir. Pero fue divertidísimo. Todo esto me estimula aún más, me crea la necesidad de seguir charlando con Antonio.

Ahora, revisando el material, me queda la sensación de que voy a tener que volver para saber más de él. He cumplido un propósito, que es conocer de tú a tú a un hombre que ha llegado a vivir como piensa, algo que parece tan sencillo, pero que, con una breve revisión individual de cada uno, descubriremos cuán alejados estamos de esa frase hecha. Un hombre que se replanteó todo su ideal, que estudió. Un acto de valentía, que bien vale para que todos y cada uno de nosotros dediquemos parte de nuestro tiempo a empezar a hacernos las preguntas correctas, y a ser capaz contradecirnos en dogmas adquiridos.

Cuando llegó la noche, y ante la expectativa de que Antonio suele acostarse sobre las seis de la mañana, que es mientras trabaja, vi el momento de despedirme y dar por finalizada la experiencia. No quería importunar más su labor en la escritura de un nuevo libro.

Así que como puede le agradecí cada minuto pasado con él. Y le pedí un abrazo. Su abrazo fue algo para el recuerdo, cómo ese hombre al que admiro tanto desde que entendí su razón de ser, me estrechó a su cada vez más ajado cuerpo, pero con una fuerza y vitalidad que sólo es comparable al músculo poderoso de su intelecto.

Espero verte pronto, Antonio. Gracias, por tanto.

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