(El Viejo andaba pesquisando los orígenes de la Prohibición, en la biblioteca de la JIFE en Viena, cuando descubrió que fijar por decreto la voluntad ajena llevaba tiempo valiendo igual para narcos y zorras en la ONU, y de paso un precedente para el lesbofeminismo integrista. Este artículo de 1985, publicado en El País, no ha perdido actualidad)

Antonio Escohotado

Una arcaica costumbre babilonia, con multitud de ecos en la cuenca mediterránea, exigía que al menos una vez toda mujer acudiera a sentarse en las escalinatas del templo de Ishtar y aceptara al primero que pusiese una moneda de plata en su regazo. Ese día la mujer se convertía en hieródula o ramera sagrada. Hace unos 40 siglos las hieródulas permanentes -sacerdotisas de Ishtar- eran un estamento de altos funcionarios públicos. El derecho las protegía del escándalo con los mismos preceptos que amparaban la reputación de las patricias casadas. En aquella sociedad algunos muchachos aprendían de los escribas esos signos como grabados al azar por las patas de muchos pájaros que son para el lego los grafismos cuneiformes; aunque no se hacían hombres así ni casándose o aprendiendo a usar las armas. Los hacía hombres -conocedores del bien y del mal- la cohabitación con una hieródula durante algún tiempo.

Con todo, la Epopeya de Gilgamesh cuenta la historia de un gran rey que no quiso morir y vivió sus últimos años amedrentado ante la futura casa de polvo. En los años de plenitud había seducido impetuosamente a doncellas y desposadas, y cuando la propia Ishtar se le aproximó con zalamerías tuvo la insolencia de responder:

Amaste al semental que se enardece en la batalla, pero le sometiste a brida, espuela y látigo, le hiciste galopar 14 horas diarias y le diste de beber agua lodosa. ¿Cuál de tus pastores te ha gustado siempre?

Convocada por Ishtar, la asamblea de los dioses acordó que el arrogante fuese castigado con hipocondría crónica y la muerte de su mejor amigo. Ese hombre -un ingenuo salvaje convertido en humano por obra de una hieródula- profirió en su agonía una maldición que desde entonces no ha dejado de perseguir a las siervas de Ishtar:

-Serás una perra en fuga a través de los campos, que el borracho y el acosado golpearán.

De las hieródulas proviene la popular idea bíblica según la cual fue la mujer quien extrajo al ingenuo varón del estado de naturaleza, consumando el pecado original. Y por más que sea una idea antigua, muchísimo más antiguos son los hábitos de la zorrería, rastreables ya en chimpancés y babuinos hembra cuando presentan el magnético atributo a un macho para comerse su comida mientras él anda distraído. Como comenta Paul Gebhard, es probable que intercambiar coito por alimento comenzara en el período de transición entre el simio y el hombre.

Ishtar.

 

Al triunfar el cristianismo desaparecen las hieródulas, junto con las ménades y los silenos de la musical comitiva dionisíaca. La mitología empieza a ser ocupada por personas decentes, que, sin enardecerse en batallas carnales, trabajan de buena gana 14 horas diarias y no protestan por el agua lodosa. A partir de ahora las rameras son solamente dulas o siervas, rameras profanas, no protegidas sino estigmatizadas por la ley. Sin embargo, en los núcleos urbanos considerables, las metas de los poderes públicos serán control e infamación, nunca represión, hasta que a mediados del XIX la alianza de revival religioso y terapeutismo positivista bautice como peligrosos sociales a los antes llamados réprobos, masculinos o femeninos.

En 1869, un movimiento internacional encabezado por Josephine Elizabeth Butler obligó al legislativo inglés a derogar tres leyes sobre enfermedades contagiosas. Las referidas normas preveían una inspección médica de las prostitutas, y la señorita Butler alegó que cualquier regulación estatal suponía una aceptación oficial del intolerable fenómeno. En línea con esto pudo promulgarse federalmente en Estados Unidos la ley sobre Tráfico de Esclava Blanca (1910), que prohíbe trasladar “con propósitos inmorales” a mujeres desde un Estado a otro. De hecho, los norteamericanos nunca tuvieron un problema como el inglés: la mayoría de los Estados prohibían y prohíben tanto burdeles como prostitución callejera, otorgando el control del negocio a organizaciones estrictamente criminales.

La disputa entre la señorita Butler y el laicismo decimonónico presenta concomitancias con una polémica actual. Algunas autoridades municipales expresan una alergia a la moralina que cunde entre personas instruidas por debajo de cierta edad. Sin embargo, las autoridades en materia de problemas femeninos -apoyadas en una convención internacional de la ONU- consideran “imposible” la prostitución voluntaria, y protestan contra todo intento de institucionalizar la explotación de la mujer. Las profesionales mismas parecen pensar que una jubilación y un respeto oficial sólo serían realmente deseables si lo demás (ingresos, autonomía) no sufriese descalabro. Un sector de ciudadanos, quizá minoritario, se rasga las vestiduras ante tamaña osadía de las perdidas.

Humanos somos y nada de lo humano debería sernos ajeno. Modelo entre los crímenes sin víctima, la prostitución presta unos servicios muy estimados privadamente, rara vez incluidos en el protocolo público. Mal podría sanearse por burocratización, ni seguir prohibida sin flagrante hipocresía. Se diría que todo invita a superar, sin ignorarla, la disyuntiva entre legalización e ilegalización. Lo que hagan en privado adultos aquiescentes no debería entrar en la incumbencia de magistrados o psiquiatras institucionales; pero la difusión de enfermedades contagiosas concretas sí es de la incumbencia de todos.

A veces el derecho saca los pies del tiesto y pretende colaborar con los fines de ciertos hogares y templos, como cuando decidió perseguir brujos, libros y asociaciones. Allí donde eso sucede se granjea desprecio, y pronto o tarde -con más o menos víctimas de su sectario celo- se retirará del campo invadido, o se conformará con ser una norma en desuso. La principal conquista de las revoluciones modernas radica en la libertad genérica de hacer y pensar todo cuanto no lesione la persona o los bienes de otro, y no es admisible que algunos de esos otros incluyan entre los bienes propios el derecho a imponer su moral a los demás.

Quienes han investigado el fenómeno con detenimiento afirman que -al menos en nuestra zona del mundo- es un mito atribuir el origen de las prostitutas actuales a muchachas expulsadas del hogar y a tratantes de blancas. La Enciclopedia Británica, por ejemplo, sugiere que una parte considerable de las profesionales contemporáneas se apoya sobre mecanismos como el teléfono y los anuncios en la prensa, dando origen a un tipo de prostituta voluntaria y hasta selectiva, de trabajo esporádico, que si es prudente se asegurará dinerito para algún negocio y si es afortunada hallará un esposo, sin sobrellevar necesariamente estigma ni recibir siempre los golpes del acosado y el borracho. Con todo, uno se pregunta si no es precisamente eso lo más detestado por la señorita Butler y otros empresarios morales.

 

Personalmente, considero la prostitución un oficio casi siempre tan triste como de difusas fronteras, entendiendo por tales las que delimitan el infamante precio del cortés regalo y el duradero beneficio. Jesús defendió con gallardía a María Magdalena, y da cierto asco que las meretrices humildes parezcan criminales, mientras se solicita la beatificación de algunas casadas con jerarcas. No logro tampoco creer que la única y peor prostitución sea la sexual.

Allí donde la prohibición crea negocios lucrativos antes inexistentes, sostenidos por una clientela respetable en lo demás, parece manifestarse una astucia de la razón, que se lo pone difícil aunque no imposible al puritanismo. En el caso presente, para proteger la dignidad de la mujer Naciones Unidas fomenta la pervivencia de un estigma sobre seres tan humanos como los demás, abriendo camino a una explotación de la ramera y el cliente por terceras personas. Siendo imposible que cosa tan obvia se le pase desapercibida a tan alto organismo, quizás en el subsuelo de sus motivos esté la idea de que sin ayuda de uno u otro tipo de gánsteres no hay manera de que ciertos pecados sigan pareciendo delitos.

 

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