Por Alejandro Menéndez

Guardo subrayada una frase muy oportuna dentro de un libro firmado por el propio Escohotado. La frase reza que de la piel para dentro empieza la exclusiva jurisdicción del sujeto, allí donde nadie más que él es soberano. Me ocurre que cada vez que leo al profesor me encuentro con la misma frase o, al menos, con una parecida. La  paradoja tiene su explicación y es que si a algo ha dedicado sus esfuerzos Antonio Escohotado es a defender el valor de la libertad. Además, ¿no cobra la palabra libertad, junto al valor, un significado superior, como aventura, afrenta y batalla? («la libertad es lo menos gratuito de este mundo, y si no se conquista cotidianamente lleva en seguida a situaciones de agravio y servidumbre»). Exégesis magnífica, Retrato del libertino profundiza en una parcela de pensamiento que es a la que el profesor ha dedicado sus mayores esfuerzos: la defensa de la dignidad humana.

Empecemos en Roma. Pueblo supersticioso mostró durante siglos laica tolerancia respecto a cuestiones morales. Fue en el siglo II d.C. cuando el monumental edificio de la libertad de conciencia se empezó a tambalear, bajo el mando del emperador Nerón. El edicto contra los maniqueos promulgado por Diocleciano hizo más sangrante la persecución del Error. Para entonces los crímenes sin víctima, aquellos en los que el bien jurídico lesionado es propiedad del sujeto activo, han transmutado en crímenes contra el «género humano». La moral pública se protege del Error construyendo una Verdad que castiga los crímenes de lesa majestad.

La caza de brujas y la acusación infundada son lugares comunes en las sociedades occidentales. Los estadounidenses alarmados que en el siglo XIX censuraron por obscenas algunas representaciones son los mismos que defendieron la Volstead Act o Ley Seca y que, presumiblemente, llenaron sus bolsillos con el contrabando de licores destilados. Más tarde, fue la Food and Drug Administration quien censuró el consumo de sustancias milenarias. El chivo expiatorio fue alternando y consolidando, así, los lazos existentes entre las clases dirigentes. Macabramente schmittiano el argumento del nosotros contra ellos parece funcionar con la precisión de un reloj de cuco.

El prólogo de Nuestro derecho a las drogas de Thomas Szasz corre a cargo del propio Antonio Escohotado. Síntesis brillante de algunas ideas vertidas sobre Retrato del libertino esboza el dilema de la prohibición-legalización. El juego y la droga sirven como ejemplos a la cuestión. ¿Puede el Estado prohibir algo constante en la condición humana? La prohibición estigmatiza al consumidor y abre una brecha entre ricos y pobres. De otro lado, ¿puede el Estado legalizar amparándose en un derecho que no tiene? El Estado no es competente para «legislar permisos», pues «no cabe dentro de sus prerrogativas ni prohibir ni legalizar algo muy anterior a su aparición». A mayor abundamiento, legalizar ambas o una de las actividades, supondría un encarecimiento del producto, sumándose el Estado como segundo empresario.

 

La libertad no tiene límites y se defiende incluso en el lecho de muerte. La perspectiva de un final calmado y feliz, con la familia a los pies de la cama, ayudaría a superar el tan extendido pavor al deceso. La fe en el Progreso relevó en el s. XVIII a la fe en Dios, con lo que los sacerdotes de sotana negra son ahora médicos de bata blanca. De nuevo una defensa incondicional de la autonomía es oportuna. Si toda dolencia es psicosomática, no hay mejor alternativa que mantener el ánimo hasta el último aliento para garantizar un «recto morir».

La libertad conlleva responsabilidad; y la responsabilidad es un desenvolverse consciente. El acercamiento elegante al vicio abre las puertas de la percepción y enseña y oculta, en un juego de luces y sombras, la felicidad caminado de la mano junto al riesgo. La sobria ebritas que defendieron los antiguos no invita a rechazar a Baco, sino a navegar sus profundidades con respeto y sin perder de vista el timón.

 

 

 

 

 , , , , , , , , , , , ,